Dicen que la familia no se elige, y aquí no estoy de acuerdo. Yo tengo una hermana del alma, una amiga que el título de amiga le queda chico. Esto es para ti.
Ella me conoce como nadie. Sabe lo que siento con solo mirarme, entiende mis silencios y mis tormentas internas antes de que yo misma me dé cuenta de que estoy luchando con una. Me ha visto en todas mis versiones: la que llora sin consuelo, la que ríe hasta que le duele la panza, la que baila sola, la que se complica la vida por deporte y la que no sabe qué hacer pero lo hace igual. Y lo mejor de eso, que a pesar de todo, me sigue eligiendo.
Me gusta llamarle El amor sin condiciones.
En nuestra amistad no hay expectativas ni contratos, solo amor. No es necesario hablar todos los días, ni compartir cada detalle de la rutina. A veces, un simple “te extraño” es suficiente, así como también un abrazo silencioso lo dice todo.
Ella me ha hecho reír hasta quedarme sin aire, me ha dado consejos que no pedí pero agradecí, y me ha dicho verdades que duelen pero salvan. Porque ella no me dice lo que quiero escuchar, sino lo que necesito saber.
No sé qué hicimos en otra vida para encontrarnos en esta, pero doy gracias.
A vos, mi hermana de la vida: gracias por ser mi refugio, mi espejo y mi empujón cuando lo necesito. Gracias por conocerme y, aun así, quedarte.
Te quiero mucho Valita.

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