Ayer me pasó algo muy especial.
Siete pajaritos bebés, pichoncitos, se pararon en fila cerquita y me miraron. Algo en mí se detuvo. Me quedé mirándolos fijamente, perdida, en una conexión difícil de explicar. Ellos me miraban curiosos, con esos ojitos brillantes.
Ahi relacioné.
Hace unos días perdí a mi última perra. Era la número 7.
El día que se fue al cielo le prendí una velita y le dije: vas al cielo bebé, vas a jugar con tus amigas. Ellas te cuidarán.
Hoy me pregunto dónde se van las almas de los perros. Me gusta creer que esas almas, llenas de bondad, lealtad y amor incondicional, nunca desaparecen. Que vuelven de alguna forma. Cumplen un ciclo para luego comenzarlo de nuevo, de una manera diferente.
Libres.
Volando.
Con el aire en la cara, que tanto les gusta sentir.
Ayer me encontré con esos 7 pajaritos.
A mis ojos, eran mis 7 perras mirándome y diciéndome que están bien. Que me cuidan. Que nos cuidan. Protectoras de mi hogar, como siempre.
Gracias por aparecer, aun desde otro plano, para mostrarme que están bien. Que siguen presentes. Que son seres extremadamente elevados.
Las llevo siempre conmigo. A mis siete estrellas.

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